
Perdida.
El humo de las velas ya consumidas se elevaba por encima de mis ojos. Después de haber pedido el deseo que nunca se cumple miraba atenta a la tarta, ajena a las felicitaciones y haciendo un rápido repaso de mi corta vida. Como aquella vez en la que le hice una poesía a una flor con mi mitad. O aquella otra en la que me besaron por primera vez en un pasillo abarrotado.
Ha pasado tanto tiempo desde que he nací, pero es tan poco lo que he vivido, que observando el cartel de chocolate en el que pone felicidades se me pasó por la cabeza miles de cosas, y por el corazón miles de sentimientos agrupados en un solo latir.
Siendo como era todo ahora, lo más fácil sería perderse, pero cómo hacerlo si ya no quedan sitios para naufragar, como dice la canción, si no hay más que selvas de cemento. Quizá lo más difícil de todo sería quedarse y afrontar algo que en el fondo me dejará vacía, pero no tendré que hacer el esfuerzo de tener que cambiar
Así que a veces cuando me preguntan si yo veo el vaso medio lleno, contesto que depende de la sed que tenga porque la variedad de grises es tan extensa que pasar del negro al blanco se convierte en un agradable paseo. Mientras tanto mi cabeza sigue dándole vueltas a este día. Otro más, u otro menos, depende del agua que haya en el vaso.
¡Qué complicada era la vida! Pero aun así, qué sencilla resultaba cuando te centrabas en un beso, una sonrisa o una palabra amable. Demasiado bonita, demasiado cruel. Exactamente como ese cumpleaños. Como esas velas consumiéndose.
Demonios...
Estaba tumbada en el sofá cuando picaron a la puerta. Me levanté a abrir con desasosiego. Mis demonios personales venían a hacerme una visita. Quise decir que no estaba, que volvieran mañana, pero ya era demasiado tarde.
Venían a reclamarme los besos de ayer, llegaron para reprocharme la sonrisa que estaba en mi cara cuando estábamos juntos. Solo querían recordarme que esto no durará más de venticuatro horas seguidas. Únicamente aparecieron para decirme que esa ilusión que anoche sentía era solo una mentira disfrazada de cosas bonitas. Malditos demonios.
Les eche de mi salón, sin dejar que se terminaran el café por impertinentes. Aún vivo dentro de esos instantes. Y ya me verán en el limbo dentro de 454 minutos exactamente, pero de momento, no hace falta que vengan a mi casa a amargarme la tarde del domingo...
Me quedo mirándole fijamente, con esa sonrisa bobalicona que se nos pone a las madres primerizas cuando observan a su bebe dormir, porque, todo hay que decirlo, si están despiertos casi siempre están llorando. Pero ahí está. Mi pequeño. Dormido, ajeno a todo lo malo que pasa, a esta crisis, al terremoto de Japón, al conflicto de Libia… Y simplemente me gustaría que no se diera cuenta de lo cruel que es el mundo en ocasiones.
Respira pausadamente, como si cada aliento fuese una batalla en si misma, está aprendiendo a vivir. Y le tendré que enseñar a sobrevivir. Todavía me acuerdo de las patadas que me daba dentro del vientre, es fuerte. Será fuerte. Será lo que quiera. Quizá ahora está soñando lo que será de mayor, o puede que solo con sus peluches. No sé lo que le deparará el futuro, lo que me da bastante miedo.
Y yo no sé si seré una buena madre, porque él, lo está haciendo genial. Pero yo no sé si seré la indicada para que este bebe crezca y observando como están las cosas hoy en día a veces pienso que me equivoqué al traerle al mundo. Sin embargo en otras ocasiones me parece que es lo mejor que me ha pasado en la vida.
Ahora toca criarlo, verle dar sus primeros pasos, sus primeras palabras, su primer día de escuela. Y todo mientras este mundo que nos rodea se desmorona por completo y se cae a pedazos por culpa de la humanidad.
No obstante al observarle dormido creo que es una de las imágenes que merece la pena admirar. Y lo disfrutaré antes de que me dé ningún disgusto, antes de que sus tíos le enseñen todas esas cosas por las que yo le taparé los oídos.
Se le ve feliz, inmensamente feliz, casi tanto como yo cuando lo miro.Voy a hacer el viaje más largo en estos días a pie
para encontrar al chico fabuloso de mi vida
Ella se acurrucaba contra su pecho sólido como una niña desprotegida, como alguien que necesitaba el calor para sobrevivir. Y estaba tan a gusto allí en medio de sus brazos de gigante, atrapada en su delicioso olor, con las manos de él rodeando sus hombros cubiertos solo por una camisa que le pertenecía, negra, la cual cubría más abajo de los muslos. No sabía, no podía llegar a comprender como era posible que fuera tan endemoniadamente feliz en un sofá con más años que Matusalén y con una serie insulsa que ni la iba ni la venía. De vez en cuando frotaba levemente su cabeza contra él, como un gato. Sonreía tontamente cuando en alguna ocasión distraído enredaba su dedo índice en el pelo y recibía descargas de placer en la nuca.
Se sentía jodidamente bien en esos momentos. Todo lo demás era pura miseria. Lo único que necesitaba era eso. A él como almohada.
Desde la rendija de la puerta de su habitación la compañera de piso miraba a la parejita. Se debatía entre el asco y los celos. Había sido la primera en verle, y en hablar de él. Pero su compañera, la estudiante perfecta, la hija perfecta, la amiga perfecta y por lo visto también la puta perfecta, se lo había conseguido camelar. Y allí estaba. Mirándoles a hurtadillas como una vulgar voyeur. Joder, de vez en cuando, ella restregaba la cabeza en el pecho de él como un puñetero tigre en celo. Y él se dedicaba a hacer tirabuzones imaginarios en el pelo de ella. Vaya dos gilipollas. De órdago a grande joder.
Pero tenía un plan. Un estupendo plan para que rompieran y ella se quedara con él. Sólo estaba esperando la oportunidad perfecta para llevarlo a cabo. Como ahora. Abrió la puerta y les saludó alegremente
- Hola chicos – y sonrió…