
Me despierto porque los rayos de luz inciden en mis párpados con insistencia. Mataré a Verónica por esa manía suya de no bajar la maldita persiana. Me estiro cual lagartija y me incorporo en la cama mientras con la mano derecha me quito las legañas de los ojos. Ha puesto otro cuadro más en la pared. Supongo que será otro maldito unicornio. Es así de cursi aunque sé que no lo hace a mala intención, ella es así con todo el mundo. Casi me da algo cuando vi las margaritas que había pegado en el armario que compartimos.
"Así dará un toque alegre a estos minúsculos cubículos donde tenemos que guardar la ropa".
Pero si esto es un internado... Bueno, mientras ella está aquí con su ropa de Louis Vuitton, (que por supuesto no le entra en el armario) porque sus padres quieren educar a una señorita, mi culo dio a parar en esta cárcel para adolescentes porque mi padre, el Capitán Gutiérrez, cambia demasiado de residencia, tanto que es imposible seguir su ritmo. El primer día ella se cogió la cama de debajo de la ventana porque daba al sur, y eso era no sé qué mierda del feng shui. Yo tiré mi maleta encima de la otra cama, perpendicular a la de ella y al lado de la puerta, sobre la colcha blanca. Para lo que paga mi padre de estúpido colegio parecen más camastros que otra cosa.
Me levanto de la cama y me dirijo a una de las escuadras que hay en la habitación y sujetan un par de travesaños de madera clara, posiblemente de pino. Y es que por detrás justo y encima de la madera hay un escondite perfecto para un paquete de tabaco. Si Verónica me pillase, me colgaría. Pero son las 7 estará desayunando perfectamente peinada. Yo mientras tanto abro la ventana, apoyo un pie en el tubo del radiador y observo el exterior.
Ya sabéis, por si me esperanza más que lo que veo...