El humo de las velas ya consumidas se elevaba por encima de mis ojos. Después de haber pedido el deseo que nunca se cumple miraba atenta a la tarta, ajena a las felicitaciones y haciendo un rápido repaso de mi corta vida. Como aquella vez en la que le hice una poesía a una flor con mi mitad. O aquella otra en la que me besaron por primera vez en un pasillo abarrotado.
Ha pasado tanto tiempo desde que he nací, pero es tan poco lo que he vivido, que observando el cartel de chocolate en el que pone felicidades se me pasó por la cabeza miles de cosas, y por el corazón miles de sentimientos agrupados en un solo latir.
Siendo como era todo ahora, lo más fácil sería perderse, pero cómo hacerlo si ya no quedan sitios para naufragar, como dice la canción, si no hay más que selvas de cemento. Quizá lo más difícil de todo sería quedarse y afrontar algo que en el fondo me dejará vacía, pero no tendré que hacer el esfuerzo de tener que cambiar
Así que a veces cuando me preguntan si yo veo el vaso medio lleno, contesto que depende de la sed que tenga porque la variedad de grises es tan extensa que pasar del negro al blanco se convierte en un agradable paseo. Mientras tanto mi cabeza sigue dándole vueltas a este día. Otro más, u otro menos, depende del agua que haya en el vaso.
¡Qué complicada era la vida! Pero aun así, qué sencilla resultaba cuando te centrabas en un beso, una sonrisa o una palabra amable. Demasiado bonita, demasiado cruel. Exactamente como ese cumpleaños. Como esas velas consumiéndose.
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Felicidades a Adictos a la escritura, y a todos lo adictos. Para que sean por lo menos 100 años más.