
Me quedo mirándole fijamente, con esa sonrisa bobalicona que se nos pone a las madres primerizas cuando observan a su bebe dormir, porque, todo hay que decirlo, si están despiertos casi siempre están llorando. Pero ahí está. Mi pequeño. Dormido, ajeno a todo lo malo que pasa, a esta crisis, al terremoto de Japón, al conflicto de Libia… Y simplemente me gustaría que no se diera cuenta de lo cruel que es el mundo en ocasiones.
Respira pausadamente, como si cada aliento fuese una batalla en si misma, está aprendiendo a vivir. Y le tendré que enseñar a sobrevivir. Todavía me acuerdo de las patadas que me daba dentro del vientre, es fuerte. Será fuerte. Será lo que quiera. Quizá ahora está soñando lo que será de mayor, o puede que solo con sus peluches. No sé lo que le deparará el futuro, lo que me da bastante miedo.
Y yo no sé si seré una buena madre, porque él, lo está haciendo genial. Pero yo no sé si seré la indicada para que este bebe crezca y observando como están las cosas hoy en día a veces pienso que me equivoqué al traerle al mundo. Sin embargo en otras ocasiones me parece que es lo mejor que me ha pasado en la vida.
Ahora toca criarlo, verle dar sus primeros pasos, sus primeras palabras, su primer día de escuela. Y todo mientras este mundo que nos rodea se desmorona por completo y se cae a pedazos por culpa de la humanidad.
No obstante al observarle dormido creo que es una de las imágenes que merece la pena admirar. Y lo disfrutaré antes de que me dé ningún disgusto, antes de que sus tíos le enseñen todas esas cosas por las que yo le taparé los oídos.
Se le ve feliz, inmensamente feliz, casi tanto como yo cuando lo miro.